martes, 8 de enero de 2013

Sus Majestades de Oriente

Francisco Rubio ©  8 de Enero de 2013
Publicado en el Ágora de Villanueva del Campo Copyright

Cuando todavía parecen resonar las doce campanadas que acabaron con el viejo año, cuando aun resplandecen las caras de ilusión de los niños con sus regalos, cuando empiezan de nuevo los bombardeos de aquella crisis que nos había dado una tregua pascual, en fin, cuando volvemos a la rutina del día a día, puede que ahora, en el sosiego de una tarde-noche de invierno, entendamos mejor como eran, en otros tiempos, las Navidades en Villanueva del Campo. 

Nos lo cuenta una villanovana amiga del Ágora, a través de un entrañable relato que ya en su día dio a conocer y que hoy recuperamos para los lectores de este Blog. En el artículo que pasamos a transcribir, su autora nos transporta en un sencillo viaje en el tiempo a esos lugares de la memoria de nuestro pueblo, desgranando con maestría la sencillez e ilusión con la que los niños y niñas de Villanueva del Campo vivían las Navidades en la década de los años 50 y 60. Esa época que siempre se nos antoja en blanco y negro, a pesar de que algún color también debió tener y que seguro que much@s recordarán y otros tantos habrán oído contar a padres o abuelos.


SUS MAJESTADES DE ORIENTE. 
Por Lola del Campo. (C)

Ahora que se han acabado las fiestas, cuando todos estamos saturados de tanta publicidad y hastiados de turrones y juguetes, ahora, me parece el momento de recordar como era la Navidad de mi infancia en Villanueva.

Para empezar, no teníamos tele, yo creo que era una suerte, de lo contrario difícilmente hubiésemos podido sobrevivir viendo todas las cosas inalcanzables que había en el exterior. Pero como no había tele y la radio no la escuchábamos los pequeños, vivíamos felices, ignorantes, pobres… pero felices. Tampoco Papá Noel volaba con su trineo fuera de su territorio, la economía de nuestras familias era muy precaria, ya que se limitaba a la cosecha del verano y no se podían permitir muchos gastos extra, de modo que lo mejor de la Navidad para los niños, era el día de Reyes. Íbamos a adorar al Niño con unos abrigos cortos que dejaban media pierna a la intemperie, con la consecuente piel de gallina, morada para más señas. Poníamos en casa el belén, conseguíamos que la madre o la tía nos diese una peseta para comprar aquella figurilla que nos faltaba, pero todo era como un preludio del día grande, el día de Reyes. 

Todavía algunos recordarán la droguería del Sr.Donaciano, en la plaza, la que después regentaría su hijo Emilio, esa tienda que durante todo el año era una droguería normal, con un nombre de lo mas extraño para un pueblo como el nuestro, se llamaba “COMERCIAL LUZEMI”, ese nombre, encaramado en lo mas alto de la fachada con unas letras grandes en gris y negro, nadie lo utilizaba, yo tardé mucho tiempo en darme cuenta que correspondía a las primeras letras de los nombres de sus dos hijos, Luzerín y Emilio. 

Pues bien, en el mes de diciembre, dicha droguería se transformaba en una gran juguetería, el escaparate se llenaba de muñecas, trenes, caballos, cocinillas, camiones, triciclos, patinetes y un sin fin de maravillas. Además, tenia toda clase de figuras de Belén, posadas, pozos, pastores, lavanderas, Castillos de Herodes, cajitas con familias de animales, paquetes de musgo y muchas cosas mas, eran unas figuras toscas, de barro moldeado groseramente, pero representaban muy bien lo que nosotros llamábamos el Nacimiento. Nos pasábamos horas y horas pegados al cristal del escaparate, casi sin sentir el frío y tratando de aguantarnos el deseo de pedir todo aquello que nos gustaba, por que todos sabíamos que si se pedía mucho ... no te traían nada, por avaricioso. Lo cierto es que casi nunca los reyes traían lo que habías pedido, entonces y pasado el primer momento de desilusión, te alegrabas por que no te hubieran dejado solo carbón en el zapato y en aquella época todo era bienvenido. 

Rey Mago en El Agora de Villanueva del Campo
El Rey Mago
En la tienda ponían un rey para echar las cartas, era de cartón o madera, gigantesco, aterrador, llevaba unos ropajes de vivos colores verdes y rojos y un turbante que le cubría la cabeza, en el centro del mismo brillaba un rubí del tamaño de una nuez, que le daba aquella majestad que sobrecogía, Una mano, extendida delante del pecho, sostenía un cofre con una ranura, donde metíamos las cartas y la otra, con el índice sobre los labios y un anillo enorme casi tan grande como el rubí del turbante, pedía silencio, aunque no era necesario, su gesto y su actitud eran autoritarios, sin asomo de bondad, tenia una mirada torva, inquisitiva, una mirada que te dejaba helado. Yo tenía la seguridad de que me leía el pensamiento, entrábamos allí encogidos, asustados, casi sin atrevernos a mirarle. Algunas veces, alguien de la familia se colocaba detrás del rey y cuando te acercabas a echar la carta, lo hacia avanzar hacia adelante, cuando eso ocurría no parábamos de correr hasta perder de vista la plaza.

He de confesar que mas de una vez me propuse hablarle, decirle por ejemplo, “este año he sido buena, tráeme lo que te pido por favor” pero nunca me atreví, entre otras cosas por que los reyes de entonces eran muy severos, no admitían ningún tipo de familiaridad y un atrevimiento semejante podía llenarte los zapatos de carbón durante años y peor aún que no recibieras juguete alguno, era la vergüenza de que todos supieran lo mal que te habías portado.

Eran años difíciles para nuestros padres, se carecía de casi todo, pero nuestras madres se las ingeniaban para que los reyes pasaran dejando un poco de alegría, un poco de ilusión, una sonrisa, Dios sabe el sacrificio que ese empeño les costaba. Al cabo de una o dos semanas, los juguetes se ponían en lo alto del armario, (¡para que no se estropeen!) y nosotros volvíamos a nuestros juegos de alfileres o la comba o las tabas, juegos de calle que no costaban nada y nos divertían mucho. No volvíamos a tener ocasión de pedir nada, hasta el próximo Enero. Pero no nos preocupaba mucho, éramos libres, y sobre todo éramos buenos, los Reyes Magos lo sabían. Ellos lo sabían y lo veían todo.


Me alegrará mucho saber que vosotros, todos, habéis sido buenos y os han dejado los zapatos a rebosar. 


Vaya desde aquí nuestras gracias a Lola, y animamos a más villanovan@s a compartir con el Ágora sus vivencias, fotos, historias, noticias, documentos… etc, que nos permitan a todos conocer más ampliamente la historia de Villanueva del Campo y su comarca. 



1 comentario:

  1. Me ha encantado leer este artículo que destila cariño en cada línea.

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